Me sentí distante de Dios hasta que fui testigo de un milagro médico.

Mis ojos se lanzaron al movimiento en el monitor cardiaco. Las lagunas entre los latidos del corazón de mi paciente se alargaron. El ritmo pesado significaba que la sangre, que brotaba de debajo de su cráneo fracturado, estaba presionando fuertemente su cerebro.

El paciente tenía 22 años, y alguien lo había golpeado con un bate de béisbol mientras dormía. Su esposa, que yacía a su lado, murió durante el asalto. Su hijo de cuatro años fue testigo de todo.

La urgencia de la sala de emergencia solía sacar lo mejor de mí: el caos, las oportunidades de llegar a la gente en momentos difíciles. Sin embargo, mientras colocaba la línea venosa central de mi paciente, luché para concentrarme. Pensé en su hijo de cuatro años con su pijama infantil y en las imágenes de brutalidad que jamás podría olvidar.

Mientras luchaba con estos pensamientos, los paramédicos se precipitaban con un niño de 15 años que estaba muriendo por una herida de bala. Estaban realizando compresiones para forzar la sangre rica en oxígeno a su cerebro. En una ráfaga de adrenalina, agarré un bisturí y exploré quirúrgicamente su pecho. Capture su corazón inmóvil y revisé sus bordes con dedos temblorosos. Cuando mi mano se hundió en un ancho agujero, sostuve mi respiración. La bala le había abierto la aorta. No pudimos salvarlo.

Mientras luchaba contra las lágrimas, mi bíper de traumas volvió a sonar. Otro niño de 15 años. Otra herida de bala. Esta vez, la bala había golpeado la cabeza …

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